Hay pocos comodines en la cocina tan útiles como una salsa de queso bien hecha. Sirve para mejorar una pasta sencilla, darle gracia a unas patatas, acompañar verduras o convertir unos nachos en algo más serio sin complicarte demasiado.
Lo bueno de esta salsa de queso es que no es rígida. Tiene una base que funciona siempre y, a partir de ahí, puedes adaptarla según el queso que tengas en casa o el sabor que te apetezca ese día. Más suave, más intensa, más cremosa… el resultado cambia mucho solo con variar el tipo de queso.
En esta ocasión te propongo hacerla con queso gouda, porque funde muy bien y da una textura cremosa y un sabor equilibrado que suele gustar a todo el mundo. A partir de ahí, te iré contando cómo adaptarla a otros quesos y qué detalles conviene tener en cuenta para que la salsa de queso quede fina y sin grumos.
¿Qué tipos de queso se pueden usar para hacer salsa de queso?

Para hacer una buena salsa de queso no vale cualquier queso, o al menos no todos se comportan igual al fundirse. Lo ideal es usar quesos que derritan bien y queden cremosos, sin separarse ni formar grumos. El gouda es una apuesta segura porque se funde con facilidad y tiene un sabor suave, pero no es la única opción.
También funcionan muy bien quesos como el cheddar, que da una salsa más intensa y con carácter; el emmental, más suave y elástico; o incluso una mezcla de varios quesos para equilibrar sabor y textura. La mozzarella aporta cremosidad, aunque conviene combinarla con otro queso con más sabor para que la salsa no quede plana.
Lo que conviene evitar son los quesos muy curados o muy secos usados solos, porque tienden a fundirse mal y pueden dar una salsa granulosa. Si te apetece usar un queso más potente, lo mejor es mezclarlo con otro que funda bien y añadirlo poco a poco, siempre con el fuego suave.
En general, estos son algunos de los quesos que mejor funcionan para hacer salsa de queso en casa, ya sea solos o combinados entre sí:
- Gouda, muy equilibrado, funde con facilidad y da una salsa cremosa y suave.
- Cheddar, aporta más intensidad de sabor y un color más marcado.
- Emmental, ideal si buscas una salsa más elástica y ligera.
- Edam, similar al gouda pero un poco más suave.
- Mozzarella, aporta cremosidad, aunque conviene mezclarla con otro queso más sabroso.
- Fontina, muy fundente y perfecta para salsas finas.
- Quesos azules como gorgonzola, roquefort o azul danés, ideales para una salsa más intensa; conviene usarlos en menor cantidad y mezclarlos con un queso que funda bien para equilibrar sabor y textura.
- Queso de mezcla rallado, una opción práctica si no quieres complicarte.
Receta de salsa de queso
Ingredientes
- 30 g de mantequilla
- 30 g de harina de trigo
- 400 ml de leche entera
- 150 g de queso gouda rallado
- Sal al gusto
- Pimienta negra molida al gusto
Cómo hacer salsa de queso
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Empieza poniendo una cazuela a fuego medio y añade 30 g de mantequilla. Deja que se derrita sin que llegue a dorarse y, cuando esté líquida, incorpora 30 g de harina. Remueve con varillas o cuchara de madera durante 1–2 minutos para cocinar la harina y que pierda el sabor a crudo.
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Vierte poco a poco 400 ml de leche, sin dejar de remover, para que no se formen grumos. Al principio la mezcla parecerá muy líquida, pero a medida que se va calentando irá espesando. Sigue removiendo durante 5–7 minutos, hasta obtener una bechamel lisa y sin grumos.
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Cuando la salsa haya espesado, baja el fuego y añade 150 g de queso gouda rallado. Remueve con suavidad hasta que el queso se funda por completo y la salsa quede homogénea y cremosa. Ajusta de sal y añade pimienta negra al gusto.
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Mantén la salsa al fuego muy suave durante 1–2 minutos más, solo para que todo quede bien integrado, y retírala. Sírvela al momento o úsala según lo necesites.
Consejos para que la salsa de queso quede cremosa
- Ralla el queso en casa siempre que puedas. El queso recién rallado se funde de forma más uniforme y da una salsa más lisa. Los quesos ya rallados suelen llevar almidones que pueden afectar a la textura final.
- Añade el queso con el fuego bajo. Una vez tengas la base hecha, baja la intensidad y añade el queso poco a poco. El exceso de calor hace que el queso se separe y la salsa pierda cremosidad.
- Remueve con calma y de forma constante. No hace falta batir fuerte, basta con remover de manera continua para que el queso se funda bien y se integre sin grumos ni cortes.
- Ajusta la textura al final. Si la salsa espesa más de lo que te gusta, añade un chorrito de leche caliente y mezcla hasta conseguir la consistencia deseada. Es mejor corregir al final que pasarse desde el principio.
- Prueba antes de salar. El queso ya aporta sal y, según el tipo que uses, puede ser suficiente. Ajusta al final para no pasarte y mantener el equilibrio de sabores.
- Conservación y recalentado. La salsa de queso se conserva bien en la nevera durante 2–3 días en un recipiente cerrado. Para recalentarla, hazlo a fuego suave o en el microondas en intervalos cortos, removiendo cada vez para que vuelva a quedar cremosa.
Cómo usar la salsa de queso

Esta salsa de queso está pensada para usarse caliente, cuando mantiene toda su cremosidad. Para nachos con queso, basta con calentarla ligeramente y verterla por encima justo antes de servir, o llevarla a la mesa en un cuenco para ir mojando, evitando que se enfríe y espese demasiado.
La salsa de queso queda también muy bien para pastas, porque se liga fácilmente y envuelve la pasta sin necesidad de añadir nada más. Un clásico es el mac and cheese, el famoso plato de macarrones con queso americano, donde esta salsa se mezcla directamente con la pasta cocida y se ajusta la textura con un poco de leche o agua de cocción antes de servirla o gratinarla ligeramente.

También funciona muy bien con patatas, ya sea sobre patatas fritas, asadas o cocidas, y como salsa para verduras como brócoli o coliflor, donde se añade al final y se mezcla o se gratina ligeramente. Es una salsa muy versátil que se adapta a platos sencillos y los hace más apetecibles sin complicarlos.
También puedes usar la salsa de queso como dip, servida caliente en un cuenco y acompañada de tostadas, grisines, picos o incluso palitos de pan. Es una forma muy sencilla de sacarla a la mesa para picar y funciona especialmente bien cuando la salsa está recién hecha y bien cremosa.

Preguntas frecuentes sobre la salsa de queso
¿Se puede hacer salsa de queso sin harina?
Sí, se puede hacer sin harina, aunque la textura cambia. En ese caso, la salsa se espesa solo con el propio queso y suele quedar algo más fluida. Funciona mejor usando quesos que fundan muy bien y controlando mucho el calor para que no se corte.
¿Por qué a veces la salsa de queso queda granulosa?
Suele pasar cuando el queso se añade con el fuego demasiado alto o cuando se usan quesos muy curados. El calor excesivo hace que el queso se separe. Por eso conviene bajar el fuego antes de añadirlo y remover con suavidad.
¿Se puede preparar con antelación?
Sí, puedes hacerla con antelación y guardarla en la nevera bien tapada. Al enfriarse espesa bastante, pero al recalentarla a fuego suave o en el microondas, removiendo, recupera buena parte de su cremosidad.
¿Se puede congelar la salsa de queso?
No es lo más recomendable. Al descongelarse suele perder textura y puede separarse. Si necesitas conservarla, mejor hacerlo en la nevera y consumirla en pocos días.
¿Qué queso es mejor si la quiero muy suave?
Para una salsa más suave y neutra, el gouda, el edam o una mezcla con mozzarella funcionan muy bien. Si buscas más intensidad, puedes combinar estos quesos con una pequeña cantidad de cheddar o queso azul.
A mí me gusta esta salsa de queso porque es de esas recetas que se adaptan al momento y al antojo. Un día la haces para unos nachos improvisados, otro para una pasta rápida o para mojar algo mientras charlas en la mesa. No hace falta complicarse ni buscar ingredientes raros: con un buen queso y un poco de atención, sale siempre. Y ahora dime tú, ¿con qué la vas a estrenar primero?
Si buscas otras salsas caseras versátiles, no puedes dejar de probar la salsa roquefort, intensa y perfecta para carnes o patatas; la salsa de eneldo, fresca y muy agradecida con pescados; la mayonesa de aguacate, suave y cremosa para bocadillos o picoteo; la salsa de cebolla, ideal para acompañar carnes o verduras; y la salsa de champiñones, un clásico que funciona igual de bien con pasta que con pollo.










































